¿Una separación cordial es posible?

Estamos en esos tiempos en los que se dice que las personas tienen poco aguante, para criticar o juzgar el afán que hay ahora por separarse de la pareja con la que decidiste pasar el resto de tu vida, y con ella, formar un familia preciosa con hijos, hijas, un chalet en las afueras y, en algunos casos, una bonita mascota.

Poco aguante o no, eso habría que verlo en cada caso en concreto.

Las personas optan por ser felices, por no hipotecar la vida con alguien que ya no te provoca una sonrisa. Porque si, la persona con la que convives te tiene que provocar una sonrisa, al menos en un porcentaje alto del tiempo de convivencia. Cuando se quiere a alguien, soy de la opinión de que hasta en los momentos duros hay que tratar de sacarle una sonrisa. El orgullo a un lado. Siempre.

Pero bueno, pareja rota aparte, están los hijos, las hijas, esas personas maravillosas que dan sentido a lo que ya no funciona, para que de alguna manera, transformado en otro sentimiento, siga funcionando. El amor muere. El respeto y el cariño por la madre o padre de tus criaturas, no debe morir.

Hay que pensar en los hijos e hijas en común, en sus intereses, en sus anhelos, en sus necesidades. Y ya que no ha sido posible darle una vida en común con ambos progenitores juntos, ofrezcamos una vida en común, aunque no conviviendo, padre y madre a una.

 

¿Cómo?

  • Las cosas claras y el chocolate espeso: desde el primer momento los hijos tienen que tener claras las nuevas situaciones (casa habitual, si siguen teniendo mismo ritmo de vida, que pasa con las vacaciones…) así como las cosas que vayan aconteciendo (posibilidad de nuevas parejas, cómo afecta esto a sus vidas…). Por tanto, antes de hablar con ellos, hablemos nosotros.
  • Un, dos, tres… ira fuera: lo primero de todo, la ira a paseo, por nuestro bien, por el bien de nuestros hijos. Es normal que la persona que deja, o la persona dejada, según el caso, sienta ira hacía el otro. Motivos hay muchos. Pero debemos racionalizar el pensamiento, ser más prácticos y pensar que echar cosas en cara constantemente ya no tiene sentido, y que , además, no es bueno para nuestra salud (la hostilidad perjudica seriamente el sistema coronario) por último, tampoco es bueno para nuestros hijos. Por tanto, hagamos por transformar el odio en intentar ponernos en el lugar del otro, en transformar la ira en intentar vivir una vida mejor (dudo que las parejas que deciden separarse fueran felices) insisto, intentemos transformar la ira y el odio en otra visión de la otra persona y de nosotros mismos.
  • El dinero… que me quema en las manos: a veces más que una necesidad, es un pulso. Volvemos al punto anterior, ira al descubierto. Malos rollos que afectan a todos porque los hijos se dan cuenta de todo. De lo bueno, de lo malo. Intentemos llegar a acuerdos justos. Lógico es que ninguno sale ganando en esto. La economía se ve perjudicada. Pues intentemos, no perder ninguno. De alguna manera, ganaremos los dos.
  • Padre y madre presentes: independientemente de quien tenga la custodia, hacer participe al otro progenitor en cosas relevantes para el niño, una buena nota, un partido ganado (o perdido y bien jugado), una caída con una tirita… según necesidades del niño. Unos cuentan más, otros menos. Pero dejémosle siempre la oportunidad de hablar con su papá o su mamá.
  • La familia un plus: también fomentemos las buenas relaciones con la familia de los niños. Tu ex – suegra, tu ex –cuñado etc, siguen siendo abuelos y tíos de los hijos. Son personas que ellos adoran, son personas con un papel relevante para ellos, y ellos son lo que más queremos. Abstengámonos de críticas en público. Nadie somos perfectos. Valoremos lo positivo de poder contar con ellos.
  • Los cumpleaños y más: después de todo lo demás…está claro que podemos hacerlo juntos. Y todo estupendo, y unas risas, y pagamos a medias, y un qué pudo haber sido pero no funcionó y, sobre todo, unos niños felices porque ven que sus papá y su mamá, de otra manera, se quieren o respetan.

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